Mi paso por Amatreya | Kilampá

AIIAP Experiencias. Amatreya

Lucas Frontalini Rekers| Córdoba (Argentina)

En agosto de 2016 me encontraba pasando una temporada en la Comunidad Pueblo Mampa ubicada en la Estancia Yucat, más precisamente en Villa Fiusa cerca de Villa María. Allí las personas se dedicaban a la agricultura y a la autosustentabilidad. Las jornadas allí no estaban muy reguladas, uno se sumaba a las actividades ya en marcha o activaba otra. No había encargados, ni horarios fijos para las tareas y las comidas. El grupo alquilaba una casa en Villa Nueva donde las personas y miembros iban de lunes a miércoles a estar allí para preparar las diferentes producciones y venderlos, ya que era también un almacén. También se realizaban las asambleas, principalmente los días lunes, y los días jueves se volvía al campo hasta el domingo. Yo tenía un viejo amigo, Alejandro Bo (alias Amandael) que había formado parte de Pueblo Mampa tiempo atrás y él fue quien me los presento y por lo cual comencé a relacionarme. En este tiempo que describo mi amigo fue un día a visitarlos y a buscar diferentes semillas. Nos encontramos y me contó que estaba trabajando junto a una comunidad ubicada en Alta Gracia denominada Amatreya y que a partir de septiembre comenzaría un voluntariado de horticultura de la que él sería parte como segundo referente. Yo me sentía a gusto en Pueblo Mampa, pero no realmente completo. Me menciono la organización de esta agrupación con horarios, roles, referentes por áreas y toda la experiencia en años que ellos tenían como comunidad y del «trabajo interno» que realizaban, es decir transformar aspectos personales. Me sentí abierto a experimentar esta nueva opción, ya que venía leyendo antroposofía, y el aspecto espiritual me llamaba la atención. Así es que decidí anotarme como voluntario vía email a la mañana siguiente. Tuve que llenar una planilla con mis datos personales y diferentes tipos de preguntas referente a mi experiencia trabajando con la tierra, la construcción alternativa, si fumaba tabaco, si tomaba alcohol o drogas, si comía carne, si tenía alguna enfermedad, si tomaba medicamentos, si había hecho trabajo espiritual anteriormente y si tenía alguna limitación física. El intercambio era el compromiso de estar desde el comienzo al fin del voluntariado trabajando seis horas por día recibiendo a cambio sanaciones semanales, participación gratuita en los talleres y ejercicios que hubiese dentro del tiempo del voluntariado, síntesis semanales con él o la referente del voluntariado, comida vegana básica y un día y medio de descanso por semana. No se podía llevar animales ni plantas, y tenías que firmar un documento que los excluía de toda responsabilidad civil y penal. El alojamiento en esta temporada estival era en un camping, nucleados todos los voluntarios en un solo lugar y separados del resto. Finalmente, parto de Pueblo Mampa a Alta Gracia, dejando algunas cuantas cosas personales allí. Llegue el 21 de septiembre al punto de reunión estipulado frente a la estación de servicio Shell y allí estaba una Traficc blanca con miembros de la organización y otros que eran voluntarios. Estuvimos presentándonos, charlando y esperando a que todos llegaran hasta que partimos hacia el campo ubicado en el Valle de la Buena Esperanza en la denominada Estancia Yerba Buena. Entramos al predio y nos ubicamos en el campamento cerca de una zona de muchos pinos. Posteriormente almorzamos y a la tarde recibimos la sanación de adecuación que hacen a todos quienes entran y han estado en otro ámbito diferente ya que vienen cargados con energías que no corresponden al cambio dimensional que se aproxima. A esta y a todas las sanaciones semanales la brindaban los sanadores a través de la imposición de manos por todo el cuerpo, el canto de mantras en su propia lengua y a través de esencias de flores que ellos mismos realizaban que trabajaban diferentes aspectos personales que al finalizar la sesión podíamos leer su correspondencia y significado en un libro editados por la organización. En estas sanaciones nos relajábamos muchísimo, nos dormíamos, algunos tenían visiones y otros lloraban. Cada miembro de la organización utiliza el nombre de su alma y no el convencional. Este es canalizado por aquellas personas que tienen el poder de comunicarse con el alma de la persona y que les diga su nombre espiritual. El tiempo allí era diferente ya que utilizan otro calendario para los días, meses y años. A partir del año 2012 es que comenzaron a regirse por este calendario debido al cambio dimensional que hubo. La mayoría de los voluntarios éramos varones, nos informaron que una chica estaba llegando al día siguiente de nuestro ingreso y que semanas más tarde se incorporaría la pareja de mi amigo y segundo referente del voluntariado. Estuvimos aproximadamente dos días sin realizar actividades para irnos adecuando al lugar y a las personas. En el transcurso del mismo llego nuestra compañera. Luego comenzamos con nuestras labores diarias, arrancábamos cada día a las 06.45 hs. con ejercicios tibetanos de elevación de los chakras, desayunábamos, íbamos a la huerta, que era la zona de trabajo del voluntariado, y abríamos el día en ronda juntos de las manos convocando diferentes energías. Trabajábamos en el primer turno cuatro horas y a mitad del mismo hacíamos un descanso de 15 a 30 minutos, y luego íbamos a almorzar. Luego de la comida teníamos unas dos horas de descanso y volvíamos a nuestra labor en la huerta por dos horas más. Seguidamente en ronda y juntos de las manos cerrábamos el día energéticamente y algunos iban a pasear, a comer algo, a charlar o a dormir. Cada día uno de los voluntarios se encargaba del desayuno junto a alguien de la comunidad, este consistía en avena cocida y tostada, frutas y malta. Teníamos aproximadamente cuarenta y cinco minutos para desayunar hasta hacer la apertura diaria en la huerta. Particularmente estuve una semana yendo a los ejercicios tibetanos de la mañana y luego deje de concurrir porque prefería dormir más tiempo y ante esta actitud quien lo guiaba me pregunto si no lograba “conectarme” con el ejercicio y mi respuesta fue decirle: “me encantan pero que simplemente prefiero dormir un poco más de tiempo”. Culminada la semana de labores hacíamos una síntesis con la referente principal del voluntariado de alias Ikael y esta se dividía en varios puntos a partir de una estrella de cuatro puntas que se dividía en: mantenimiento, es decir como estábamos con respecto a nuestra higiene corporal, de nuestra ropa ya que lavábamos a mano, de nuestra carpa, de nuestro camping, de nuestros vínculos, opinar sobre cómo nos sentíamos con nosotros mismos o con algún voluntario o miembro de la organización; otra punta era la producción, es decir cómo nos sentíamos con respecto al trabajo que veníamos llevando en la huerta básicamente; luego espiritual, es decir como estábamos con los ejercicios tibetanos, las aperturas y cierres espirituales del día, las sanaciones; y por último la punta de formación, es decir como estábamos asimilando nuestras labores en la huerta, el trabajo espiritual de los talleres, etc.; luego de este proceso recibíamos la sanación semanal para limpiarnos todos los lastres que hubiesen quedado. Las tareas eran muy lindas, se aprendían cosas nuevas, y el día se pasaba muy rápido y en mi caso terminaba exhausto. En las primeras semanas tuvimos un taller junto a personas de afuera respecto a los diferentes códigos genéticos que fueron intervenidos en la Tierra y todos sus habitantes a partir del conflicto arcangélico. Para finalizar el mismo hicimos un ritual colocando piedras en una posición especifica.