Estaba ciega, completamente ciega

Mi angustia vital empezó a aumentar con el tiempo, ya que “sin psicoanálisis no podrás vivir”. Ni seguir adelante. Así que el dinero se volvió para mí una preocupación fundamental, para pagar mis sesiones, para “poder sobrevivir y no enfermar”.

Cuando llegaba el verano, creaban un miedo más intenso, con la frase típica, “estás mal por las vacaciones del psicoanalista”. Mi confianza era tal que estaba ciega. Había ocupado el papel de mi madre y yo le contaba todo, absolutamente todo: mis relaciones familiares, con mi novio, con mis amigos….

Y yo deslumbrada, la creía. Ahora que lo pienso, con horror, me decía frases que me llenaban de dudas y me creaban miedos imaginarios. Y así me fui aislando, y mis seres queridos veían que algo me pasaba, que no terminaban de comprender…lo último que pensaban es que aquello fuera como una secta.

Me hicieron perder el valor del dinero, me obsesioné para pagar el psicoanálisis: le cogía dinero a mis padres para poder pagar esas sesiones. Y mi terapeuta lo sabía, ya que yo se lo contaba todo, pero nunca me dijo “eso está mal, no lo hagas”. Ella ponía la mano y punto.

Sus palabras me afectaban mucho, mucho… hasta el punto que una contestación seca o fría me provocaba un gran desasosiego y una tremenda desazón. Cuando me alababa y me decía que era muy inteligente, yo me sentía muy feliz, especial, diferente, única.